Cuando el amor de los animales resulta terapéutico

La prensa británica se hizo eco hace unos días del insólito caso de Dylan, un chico autista de 4 años que aprendió a decir sus primeras palabras -hasta ahí, sólo emitía ruidos- repitiendo lo que decía Barney, su loro: "Se debe a que está contento cuando está con su mascota", explicó el terapeuta del niño.

Relacionarse con un animal no sólo ayuda a los autistas: ¿Cómo sería la vida de un ciego sin su lazarillo? ¿De un campesino sin su caballo? ¿De un montañés sin su mula? ¿De alguien sin su perro?

La mitología cuenta que Rómulo y Remo fueron alimentados por una loba; y que el amor de los egipcios por Bastet -su diosa gata, dadora de felicidad- los llevó a rendirse frente a los persas sin luchar, para no dañar a los gatos que estos traían como escudos.

El cristianismo también fomentó ese amor: San Francisco los tenía por "hermanos"; enfermo, San Roque fue asistido por un perro; Jesús, en el pesebre, está rodeado de animales de corral.

Hoy, Lassie, Platero, la tortuga Manuelita, la Anaconda de Horacio Quiroga y los deliciosos personajes de Rudyar Kipling que rodean a Mowgli en "El Libro de la Tierras Vírgenes" -Bagheera, Baloo o Akela- testimonian ese acercamiento.

Dicho así, se creería que desde siempre los humanos adoran a los animales y que este 29 de abril, cuando se celebre su día, todos les rendirán alguna muestra especial de amor.

Pero no es tan así, porque el Modernismo fue especialmente dañino con ellos y esa rémora sobrevive: René Descartes, quien planteó que los animales carecían de alma y por tanto no sentían, clavaba a perros vivos por sus patas para "demostrar" que sus aullidos no eran distintos al ruido de una máquina al romperse.

En la Argentina, recién a fines del siglo XIX se comenzó a reaccionar contra el maltrato y la voracidad: la creciente extinción de especies llevó a Domingo Faustino Sarmiento a crear la Sociedad Protectora de Animales, que confió a Ignacio Albarracín, promotor de la primera ley de protección.

Desde 1891, la ley 2786 estableció en todo el país la obligación de respetarlos e impedir su maltrato y caza indiscriminada; Albarracin murió el 29 de abril de 1926, y en su honor se eligió esa fecha para conmemorar el Día del Animal.

En 1977, la Liga Internacional de los Derechos del Animal adoptó la Declaración Universal de los Derechos de los Animales, que fue aprobada en 1978 por Naciones Unidas (ONU) y que tiene 14 artículos, el primero de los cuales recuerda que "todos los animales nacen iguales ante la vida y tienen los mismos derechos a la existencia". Sin embargo, en el mundo hay 16.119 especies en extinción y 784 ya están totalmente extintas.

Las veterinarias que hacinan animales en jaulas, violan el artículo 2 que dice que "todo animal tiene derecho al respeto" y a "la atención, a los cuidados y a la protección del humano."

Los traficantes de animales silvestres violan el cuarto: "Todo animal perteneciente a una especie salvaje tiene derecho a vivir libremente en su propio ambiente natural"; y quien ata a su perro o lo encierra, viola el tercero: "Ningún animal será sometido a malos tratos ni actos de crueldad."

Los científicos violan el 8: "La experimentación que implique un sufrimiento físico o psicológico es incompatible con los derechos del animal, tanto si se trata de experimentos médicos científicos, comerciales, o de cualquier otra forma".

Los cartoneros y campesinos que extenúan a sus caballos violan el 7, que dice que "todo animal de trabajo tiene derecho a una limitación razonable del tiempo e intensidad del trabajo, a una alimentación reparadora y al reposo."

Quienes contaminan y desertifican violan el artículo 12: "Todo acto que implique la muerte de un gran número de animales salvajes es un genocidio, es decir, un crimen contra la especie. La contaminación y destrucción del ambiente conducen al genocidio."

Ciertos circos violan el 10: "Ningún animal debe ser explotado para esparcimiento del humano"; y quien los abandona en la calle, el 6: "El abandono de un animal es un acto cruel y degradante".

Las riñas de gallo y las corridas de toros, violan el 13: "Las escenas de violencia en las que los animales son víctimas deben ser prohibidas"; y avicultores y matarifes, el 9: "Cuando un animal es criado para la alimentación debe ser nutrido, instalado y transportado, así como sacrificado, sin que ello resulte para él motivo de ansiedad o dolor."

Dicho esto, huelga preguntarse por qué en el almanaque existe el Día del Animal y ningún Día del Hombre.

Autor: Ana María Bertolini - Fuente: www.telam.com.ar

Bandoleros de 4 patas...

Salió el otro día en la tele: un aprisco de ovejas tras la incursión nocturna de una jauría de perros asilvestrados. Impresionaba el desconcierto desolado de los pastores junto a los pobres animales muertos o moribundos, acurrucados con el cuello deshecho, la carne viva y ensangrentada, aún palpitante, al descubierto. Como si en vez de perros se hubiera colado en el corral, por la noche, un grupo de carniceros serbios. Llegaron en la oscuridad, contaba uno de los pastores, excavando con astucia bajo la valla metálica, y se lanzaron a la matanza con evidentes ganas de hacer daño. Por las huellas eran siete u ocho, y dos de ellos fueron acorralados y capturados por la Guardia Civil en el monte cercano, todavía con sangre en el hocico. La cámara los mostraba atados y encerrados en un patio. Uno era grande, amastinado, de mandíbulas poderosas, y alzaba la cabeza con firmeza y desafío, como diciendo «lo haría otra vez en cuanto me soltarais». El otro era un tiñalpilla menudo, paticorto, de ojos grandes y oscuros, que miraba a la cámara con el aire arrepentido y lastimero de un Lute de cuatro patas; al estilo de esos delincuentes que, al pillarlos con las manos en la masa, dicen que roban o matan porque tienen hambre y la sociedad los hizo como son. El destino de ambos reclusos estaba claro: pruebas veterinarias y sacrificio. No pude evitar asociarlos con una pareja de presidiarios convictos en el corredor de la muerte, el duro que mantiene el tipo, y el tímido y asustado que, hasta el final, intenta convencernos de que es inocente. Supongo que a la hora de teclear estas líneas ya estarán muertos.

Me quedó algo de esos perros, sin embargo. Una sensación extraña, incómoda, que me lleva a hablar hoy de ellos. En primer lugar, porque la muerte de ciertos seres humanos me tiene a veces sin cuidado; pero la de un perro no me deja nunca indiferente. Siempre sostuve que esos animales son mejores que las personas, y que cuando uno de nosotros desaparece del mapa, el mundo no pierde gran cosa; a veces, incluso, se libera de un verdugo o de un imbécil. Pero cada vez que muere un buen perro, todo se vuelve más desleal y sombrío. Lo de buenos o malos perros también es relativo. La mayor parte de las veces, lo que separa a uno heroico y bondadoso de otro majara, o asesino, no es más que la confusa y compleja línea que separa a un amo normal de un hijo de la gran puta. Porque los perros son, casi siempre, como los humanos los hacemos.

En eso pienso ahora, con el mastín tipo duro y el chusquelillo de ojos melancólicos nítidos en el recuerdo. No es la primera vez que perros asilvestrados salen en los periódicos o en el telediario. Y siempre me quedo pensando mucho rato en esas jaurías espontáneas, formadas por chuchos supervivientes de las cunetas y las autopistas, que tras verse abandonados por sus amos sobreviven al calor, a la sed, al hambre, a la soledad; y lamiendo sus llagas terminan juntándose, para su fortuna, con otros hermanos de exilio, con otros proscritos que, igual que ellos, pasaron de ser cachorrillos mimados un día de Reyes a presencia molesta en casa de amos irresponsables, para terminar siendo abandonados a su suerte en un mundo difícil para el que nadie los había preparado. Un territorio hostil que ni conocían ni imaginaban.

Por eso, para calmar la tristeza que me produce ese pensamiento y no conmoverme demasiado, prefiero creer que esos perros que, precisos y letales, atacaron el aprisco con objeto de comer un poco y matar mucho, poseen inteligencia suficiente para saber lo que hacían. No quiero pensar en accidente, o azar. Prefiero imaginarlo todo como venganza de un grupo salvaje, de una jauría asesina formada por los que en otro tiempo fueron tiernos cachorros, y ahora, maltratados, abandonados, proscritos por dueños que les dieron un cruel amago de felicidad antes de sumirlos en el estupor y la soledad, atacan y matan sin piedad, por ansia de revancha, por simple sed de sangre, aunque el precio sea acabar luego como los dos colegas del telediario, el mastín y el paticorto, en manos de la Guardia Civil. Que tampoco es mal final, por cierto, después de haber visto arder naves más allá de Orión y todo eso, corriendo libres por los campos, cazando, matando y lo que se tercie –supongo que también habrá perras guapas en esas jaurías–. Ajustando cuentas, en fin, como una partida de bandoleros sin ley ni amo, devueltos a la barbarie, echados al monte por la injusticia y la estúpida maldad de los hombres.

Arturo Pérez Reverte

Soy un rescatador de animales.

Soy un rescatador de animales.
Mi trabajo es asistir a las criaturas del Señor.
Nací con la necedidad de cubrir sus necesidades.
Adopto nuevos miembros de mi familia sin un plan, pensamiento o selección.
He comprado alimento para perros con mis últimos centavos.
He acariciado una cabeza con sarna con mis manos desnudas.
He abrazado a alguien malvado y asustado.
Me he enamorado miles de veces
y he llorado sobre un cuerpo sin vida.
Tengo animales amigos y amigos de los animales.
No uso a menudo la palabra "mascota".
Veo a los perdidos a la vera del camino y me duele el corazón.
Llevaría conmigo a un ratoncito o me haría amiga de un buitre.
No conozco a ninguna criatura que no merezca que yo le dedique mi tiempo.
Quisiera vivir para siempre si no hay animales en el cielo.
Aunque creo que los hay.
Por qué Dios crearía algo tan perfecto para luego dejarlo de lado.
Nosotros podremos ser los amos de los animales, pero los animales se han superado a sí mismos.
Algo que la gente no ha logrado.
La guerra y los abusos me duelen, pero algún rescate en las noticias me da esperanzas por la humanidad.
Somos un ejército silencioso pero determinado, que hacemos la diferencia cada día.
No hay nada más necesario que darle calor a un huérfano,
nada más regocijante que salvar una vida,
ni reconocimiento más grande que verlos mejorar.
No hay alegría más grande que ver a un bebé jugar,
el mismo que hace algunos días estaba tan débil para comer.
Rescato Animales.
Mi trabajo nunca termina.
Mi casa nunca está en silencio.
Mi billetera está siempre vacía.
Pero mi corazón está siempre lleno.
En el juego de la vida, NOSOTROS YA HEMOS GANADO.

ANNETTE KING TUCKER
Los sentimientos son lo mas importante de nuestra existencia.
Nunca los calles.

Los perros y la lluvia...


Brisa está sentada al lado de la ventana...
Cuando se sienta parece una dama, una damita...
Ah! Claro! Para los que no lo saben,
Brisa es una perra, no una dama.

Es una tarde lluviosa de diciembre,
las gotas caen en la ventana,
van haciendo jueguitos saltarines...
y ella quiere cazarlas a todas...
Se deja estar mientras le caen en la cara,
se va moviendo tan suave;
y ese es un juego que a mi me apasiona mirar,
y ella mira hacia el cielo como preguntándose
¿De dónde cae eso?
Y yo me pregunto qué pensarán los perros de la lluvia;
y qué pensarán las gotas de lluvia que van a parar sobre los hocicos de los perros...

Y así pasan horas...
Yo le tomo una foto para recordar lo bonita que queda haciendo eso...
Sentada como una dama.
La tarde es hermosa y si me hubiera dormido me perdía de verla...
Y ahora que me acuerdo me quedé levantada para estudiar...
Por ahi alguien pasa y ella ladra...
Parecía un trueno, retumbó todo...
Y entonces me desperté...
Y me di cuenta de lo mucho que valía esto para mi...

Jimena A. Dic-04